lunes, 27 de julio de 2015

Ventana al inframundo.

Viaje en coche desgarrador por la compañía pero adulador por el fin. La inconsciencia dicta que debo mirar por la ventana pero me niego a hacerle caso a esa puta barata. Pasa el tiempo y como es barata, obedezco. Unas letras me enseñaron en tiempos remotos que todo es más bello cuando está lleno de suciedad: semen, orgasmos, sangre, Prozac, un sabor a despedida con regreso, olor a costra de recuerdos reseca en compañía de un presente benévolo, marcas, grietas... Cuánta belleza aguarda la imperfección, la discontinuidad, lo defectuoso.
Opto por follarnos a los errantes y alimentar de juegos perversos los errores; el sexo sólo se ha de tener con la impureza de algo limpio.

Vuelve la inconsciencia y me dice que ya se ha acabado el tiempo. Aparto la mirada del cristal perfecto, limpio y... muerto.
Mato a la puta y le pago.
Miro el mundo a través del cadáver y reflexiono.
Todo lleno de clones ahí a fuera expulsando sudor color rojo intenso por los poros, por cada pestaña enmascarada funcionando como silenciador de las balas escondidas en las miradas. Todos con su respectivo fantasma en la espalda susurrando con un aliento helado y penetrante a qué o quién deben matar hoy. Todos cogen de la mano a su niño interior, ése que yace arrastrándose, anciano de recuerdos y más vivo que el adulto que lo mató. Todos, todos, todos... todos inconscientes de su conciencia y sólo yo puedo verlo. Maldigo el infierno que me prestó esta cabeza llena de gárgolas revoloteando sin parar. Lo maldigo mientras juego con el error que cometió.

Y es que no hay bien que por mal no venga.

La puta renace y me dice que la tarifa expiró. Me da un beso en el pecho y me mata relativamente.

El mundo explota, y yo, sigo vivo.

De momento.

domingo, 19 de julio de 2015

Diario de un despertar en verso.

Levanto

la cara desnuda de mi cuerpo,

siento

una bestia aquí a dentro.

Entierro la cabeza en nuestro último adiós,

junto mis brazos imaginando que eres tú.

Pongo el pie en el suelo,

aunque todavía no respiro,

sé que estoy muerto en vida,

y que la vida no espera mi nacimiento ya.

Otro pie es colocado en el infierno por inercia,

rodillas de papel se elevan,

cadera de cristal aumenta,

mi cabeza de metal se ausenta.

Un paso, dos pasos, tres pasos...

Agarro el pomo de la puerta,

monstruos a mi alrededor revolotean,

fantasmas y demonios pasean

a sus anchas,

en su mundo que soy yo.

¡Oh, no huyas soledad!
Quédate, cálmalos.

Abro la nevera,

vacía como yo, pienso.

Retorno al recuerdo de tu pedestal,

donde hogar éramos tú y yo,

luchando contra ellos

respaldando cualquier rescoldo

abrazando la tristeza en nuestros dedos.

Me disparo a la cama,

porque las balas se disparan,

y yo siempre he sido calibre 44

calcinando todo lo que mi ojo apunta.

Miro el reflejo en el techo,

la noche me oprime en forma de apretón,

Bukowski y Pizarnik en la mesita

mientras los golpes pasan,

el mar brota en mis pupilas,

el suelo en hojas plateadas,

y la oscuridad se tiñe de rojo.

Alguien me habla,

imagino que soy yo,

recordándote.

miércoles, 15 de julio de 2015

Ojos de luna.

Son días solitarios en los que no amanece. Tampoco anochece. No hay tiempo que rija este malestar constante que me arropa y me asfixia.
Intento dormir para encontrar la paz, pero mis párpados no obedecen a un cerebro tan autodestructivo. Intento no amotinarme en la cama, es en ese lugar donde los recuerdos deciden atacarme a diario.

Con la osadía que supone realizar la tarea de levantarse con tanta marea debajo de mis pies, obligo a mi cuerpo a despojarse del peso de la culpa para que se levante. Caigo de rodillas al suelo, coloco primero una pierna, y más tarde, sacando la fuerza del único pensamiento positivo que me ronda la cabeza día a día, coloco la otra y me pongo en pie.

Intento dar un paso, pero el reflejo de la luna que entra por la ventana y me ciega, hace a mi mente explorar en el más allá de nuestra última despedida e inhabilita cualquier intención de avanzar en la tragedia de esto que llaman vida.

Resoplo.

–Qué complicadas algunas decisiones vitales, como la de no pensarte –le comento a la foto que está colocada en la mesilla y que refleja el Apocalipsis que fue mi último abrazo con alguien.
La luna sigue mirando con su brillo inepto como si quisiera entrar para mantener una conversación sobre quién tiene más agujeros.

–Pobre feliz, tú tienes suerte. De vez en cuando alguien va a visitarte con la intención de clavarte algo –le escupo en ese gris tan incandescente que muestra el milenio de viveza que ha vivido.
No contesta.
Vuelvo a intentar levantar el pie pero hay algo que no me deja. Una fuerza diferente a cualquier peso que me haya impedido realizar la difícil tarea de seguir viviendo.

–Qué puta eres, luna.

Tampoco contesta.

Me rindo. Cojo un poco de inercia, me balanceo y lentamente noto el estertor de mi espalda chocando contra las puas del colchón. Intento acomodarme. Dejo que la cabeza caiga.
Cierro los ojos.

Estoy orgulloso, hoy he conseguido levantarme.
Te pienso.
No duermo.

miércoles, 8 de julio de 2015

Mentiras nocturnas I

Los caminos se hacen andando y con un cuchillo en cada mano –para cortarte las alas–.

Salí del portal desbordado y me eché a andar bajo la lluvia. Esa noche bajaba cálida y muy fuerte. Esa noche las nubes se desahogaban como nunca y se corrían como siempre.
Bajé la cabeza, me miré los zapatos y pensé en qué daría de sí mi vida, siendo tan sucia y desalmada.
Los caballos galopantes aparecieron dejando sus mierdas a mi alrededor mientras la luna se servía un bourbon con dos hielos y aquella estrella que cada noche estaba ahí, se montaba una orgía con sus vecinas.
Crucé la esquina de la primera calle que vi, tropece y me hize un pequeño rasguño en el nudillo derecho que simulaba la inicial de su nombre.
Me metí las manos en el bolsillo y en el muslo noté la costra de la sangre reseca, de la discusión con la hoja de esta mañana.
Nunca me cruzo a nadie en estos paseos nocturnos, pensé.
Llevaba ya 10 minutos fuera, y estaba empapado.
Me sentía bien.
Aunque siempre venían a la cabeza ellos, siempre aprecían por las noches cuando la paz inundaba un poco mi armadura.
Empezaban a hablar, laceraban las palabras a su gusto y me confundían.
Gritaban, hinundaban mi corteza con sangre, sudor y oscuridad.
Pero yo los quería. Ellos siempre estaban, y nunca me había sentido tan protegido.
Aquella noche tenía un sabor especial, olía a muerte y sexo, a baños públicos.
¿Por qué soy así?
¿Soy el único?
Desearía encontrar algún alma vagando como yo.
No sé lo que busco en estos paseos, pero salgo con la esperanza de que algo o alguien me encuentre y le dé sentido a esta existencia.
La lluvia me calma la ansiedad, a veces incluso alivia el odio que tengo sobre mí o le quita peso al lastre de la espalda.
Pasé la tercera manzana y vi un bazar abierto.
El chico oriental sonreía, no se le veían muchas cicatrices. Tenía una entereza en la mirada que me sorpendió.

—Que corazón tan puro —dije.
—¿Qué? —preguntó el chico oriental.
—Una cerveza y dos cigarros—contesté.

Salí de allí corriendo, tanta serenidad estaba acabando conmigo.
Otra noche más melancólica a la espalda, sin encontrar a nadie con quien compartir sendero.
Decidí volver a casa –que no hogar–, estaba dejando de llover y las calles ya me empezaban a dar asco.
Me terminé la cerveza, metí la mano en el bolsillo de la chaqueta y me di cuenta que había perdido el mechero en la caída anterior. Tiré los cigarrillos al suelo, tampoco a ellos los quería.
Un banco de la segunda manzana me pidió sentarme, pero no obedecí.
—Que le jodan a ti y a tu soledad —dije.
Me apollé en la farola que vi al instante, e intenté abrazarla.
Vomité.
La luz me estaba cegando.
—Dime por qué coño si hay tanta gente en este planeta, yo salgo todas las noches y no encuenteo a nadie—grité.
Ni siquiera esa zorra se dignaba a contestar.
Le metí un puñetazo, otro corte.
Tu inicial, otra vez. Vaya.
Seguí andando, necesitaba la seguridad de las sabanas, el calor de la cama,y el frío de la ausencia de personas a mi alrededor.
Por fin llegué al portal, metí la mano otra vez en el bolsillo y no encontré la llave.
No puede ser, chillé mientras golpeaba la puerta.
Me rendí mientras mi espalda descendía suavemente por la pared hasta quedar totalmente sentado.
Cerré los ojos, cogí los auriculares y puse el primer poema que encontré:
'Find what you love and let it kill you'
recitaba el sabio.
Me miré el muslo, cuanta razón tenía aquel viejo borracho, pensé.
Ellos me abrazaron, el sueño me invadió.
—¿Cómo se sale de aquí? —susurré.















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