viernes, 4 de septiembre de 2015

Alucinaciones I

Es una noche demasiado oscura y la tormenta se avecina cercana. La lluvia quiere suicidarse hoy en el asfalto.
Yo estoy hasta las venas de nostalgia y borracho de ilusiones –como frecuentemente suele pasar–,
y tú estás hinchada de drogarte a besos de otros –como frecuentemente suele pasar–.
Te miro entrecerrando los ojos y te lanzo un beso.

—Me ha dolido— me dices sonriendo.
—Qué coraza tan débil— contesto.
—Tiene muchas grietas.
—¿Y qué son las grietas si no pequeños estertores de lucha?
—¿Siempre hablas así de raro?

Se hace el silencio.
Me miras y florezco.
Te miro y te marchitas.

Caen gotas que se instalan en tus grietas y las sellan. Te vas curando. Luces como nunca, incluso parece que brillas.
Yo no me mojo, la lluvia ya no quiere abrazarme.
Te doy de mi copa ignorando todas las miradas que te acechan.
El bar se tiñe de rojo y me habla.
Bebes y frunces el ceño.
Se te posa levemente un demonio en el hombro y me guiña un ojo. No te das cuenta, pero te hace sexy.
Se instala el sol en el bar, pero lo miras y lo apagas. Tienes el Frio en las pupilas.

—¿Por qué has hecho eso?
—¿Hacer el qué?— me preguntas guiñándome un ojo y mordiéndote el labio. Sabes de qué eres capaz.
—Has mirado al sol. ¡Has apagado su luz!
—Es que entre amigos siempre podemos quitarnos brillo.

Pienso demasiado alto, pienso.

—No te preocupes, mi cabeza también grita.

Mierda, otra vez.

Me voy a la barra. Pido lo más fuerte que hay y me dan una sonrisa.
Tú vienes detrás.
Te esquivo y salgo a la calle inundada. Creo que son lágrimas lo que cubren el suelo, sueños rotos por cristales de pereza, retales de caminantes cubiertos de realidad.
Me persigues mientras me sacas espinas de la espalda y noto como una pequeña gota de sangre brota  por el omoplato.
Saltas y me agarras del cuello. Me cortas, más sangre.

—No sabía que estabas tan rota— te susurro mientras descienden gárgolas color magma por el costado de mi cuello y me llevo los dedos a la boca.
—¿Quieres?— te acerco el dedo para que lo chupes.
—Eres extremadamente raro.
—Me gusta llenarme de mí.

Me vuelves a abrazar.
Esta vez te hiero yo.

—Nunca había encontrado a nadie igual que yo.
—¿Fumas?— saco la muerte del bolsillo en forma de canuto delgado y atractivo.
—Es muy importante para mí haberte descubierto.
—Oye, mechero no tendrás, ¿no?—  sonrío.
—¿Sabes? Te quiero más que a mi vida.
—Pues tienes un problema.



Se cierra el telón.