lunes, 28 de diciembre de 2015

Mentiras nocturnas II

El sofá tiene forma de árbol podrido y por eso me siento en él. Acurrucado entre recuerdos manchados de sangre y aves muertas desnudas mi mente se tambalea entre dos columpios solitarios en cualquier parque de Transilvania.
Empiezan a balancearse por dos sombras que parecen dos niñas degolladas por su madre drogadicta. Las hojas suben o yo caigo.
Ella sangra o yo la hiero.

Sigo sin saber qué busco exactamente en estos paseos. A veces imagino que me cruzo algún clon herido de pelo colorido y me abraza clavándome dardos que me tranquilizan. O que todos esos que beben se ahorcan dentro de las botellas mientras la ciudad arde de deseo por quemar la ciudad.
Hoy llevo tabaco, MDMA, miles de puntos en el cuerpo y un corazón de hielo dentro de un congelador apagado. Ya he dado 666 pasos, 666 golpes contra la anatomía que compone mi cuerpo, 666 huracanes de realidad anestesiada inyectándose en el antebrazo, 666 jeringuillas de cianuro con bourbon... un cóctel para curar las llagas de la garganta.

En la tercena esquina de la séptima calle hay un local llamado "Hell" y decido arrastrarme hasta la puerta. Entro y una capa de humo me tapa la visión pero huele a putas y semen y me gusta. Me lanzo a la barra y pido una copa con dos hielos.

—Guapo, ¿no quieres nada en la copa? —me pregunta la chica del pelo verde que hay detrás de la barra. Se le nota por las ojeras que se ha pasado la noche asesinando clientes en la tercera esquina de la séptima calle.

—¿Qué echarle sino lágrimas? Prefiero mover los hielos como si fuera el mundo. Llorarle al vaso porque no tengo hombros donde clavar mis pestañas. Utilizar mi dedo como daga. Cortarlo y que el viento decida si mantenernos con vida o no. Que los cubitos se derritan como se derretirá la sangre entre las murallas mientras dos glaciares en forma de ola nos aplastan.

—Vale guapo, te lo dejo vacío.

El ambiente es grisáceo. Dos tipos gordos en el fondo de la barra, el fantasma de la madre de Jimmy en la tercera butaca, dos putas jugando al billar y dos más pagándoles las copas.
La cifosis va aumentando a medida que suben las horas sentado en el taburete y cada vez los ojos más rojos por el humo o quizá por la colisión de demonios en mis hombros. Se han comido ya una docena de ángeles y el imperio de Dios cayó cuando uno de ellos se folló a Eva y la hizo realidad. Ahora Jesús llora mientras él mismo se adhiere a la madera con clavos en llamas y yo escribo la Biblia y no hay mandamientos ni piedras donde dejarlos morir.
Sólo soplo libertad.

Salgo del infierno hacia la calle muerta, donde vacía -pero llena de gente- y sucia parece que aboga por la soledad y la niebla quiere cuidarme. Hoy no llueve porque el cielo ya no llora y está demasiado triste para seguir siendo altruista.
Me acerco a un niño borracho que está tumbado en la acera.

—¿Qué haces? —pregunto mientras lo coloco sentado en el borde.

—Siempre hago lo que me sale de la cabeza.

—Has tenido que beber mucho esta noche.

—No, sólo un par de besos de cianuro y caricias de metal.

Me alejo sin responder; de repente dejo de sentirme solo. Comprendo su mente y me veo reflejado en sus pupilas. Es como yo hace 20 años o yo soy como él dentro de los mismos.
Ardo por dentro. La cabeza siempre engaña.
Ellos ven balcones, yo posibles intentos de suicidio. Ellos ven caricias, yo arañazos. Ellos felicidad, yo ausencia. Ellos sangre, yo vida. Ellos cicatriz, yo persona. Ellos tiempo, yo pérdida.
Ellos, gente. Yo, clones...

Hoy prefiero no llegar a casa.

Hoy, la calle es colchón.