viernes, 25 de marzo de 2016

Desayunos idealizados.

Siempre me sonreía con sarro en la mirada y esperanza en los dientes. Cada mañana, entraba en la cafetería y ahí estaba; ángel frustrado en una nube en forma de taburete, golondrinas alrededor y yo, desde la mesa de la esquina, esperando que volviera a arrancarme un trozo de aurícula con un pestañeo intermitente. Pedía café con sueños pero le daban sólo un par de cubitos y una frase motivadora en un sobre de azúcar que ella esnifaba cuando iba al baño.

Pelo negro, rímel negro, ojos negros y vida rota. Un felino regalando existencias a enamorados, una noche en un tejado... me gustaba definirla escribiendo con sangre en las servilletas y metiéndoselas en el bolso en el breve lapso de tiempo en el que se reventaba las fosas nasales. Le dábamos vueltas al café al mismo tiempo a diferencia de que las suyas se manifestaban en forma de tsunami en mi cordura.
Leía a Poe, o quizá fue en ella en quien se basó para escribir sus mejores relatos.
Pagaba con errores, y se daba ella a cambio.

Y se iba... salía de las llamas haciendo grietas en el suelo para que mortales como yo, intentaran paliar su desdicha.

Y ahí permanecía, mi demonio congelado en la esquina, sin fuego suficiente para acercarse al ocaso.

Fue una historia de horror maravillosa.

Fue, el mejor sueño de mi vida.