martes, 24 de mayo de 2016

Amanecer.

Amanezco.

El sol se pone por las rendijas de mis ojos mientras miro en el espejo y no me veo.
Intento observar algún atisbo de firmeza, algún retal perdido de cordura en ese trozo de cristal que me señala, pero nunca consigo entender por qué un reflejo oscuro no tiene derecho a brillar de la misma forma que cualquier otro con distinto color.
Entre el miedo que supone, a veces, ponerse de pie y la estulticia de caminar por una cuerda floja sin más seguridad que mis propios brazos, procuro avanzar por el pasillo desmedrado del hogar hacia mi habitación.
Me pongo los andrajos y dejo de sentirme libre. El peso de la seda me muerde clavándome la sensación de llevar la ropa porque la sociedad me obliga. Camino hacia la cocina, desayuno, encuentro la esperanza, friego los cacharros, respiro, sonrío, me evado.
Abro la puerta para salir al mundo. El pomo está helado, el suelo arde y las huellas se marcan en el asfalto por el peso. Saludo a las plantas, miro las personas, y me pongo las gafas para que la realidad no dañe mis retinas.
Siento que levito cuando una breve ventisca me araña la piel y me hiela. Sigo volando por la vida, observo la soledad de las ventanas cerradas. Escucho risas en las casas, la nostalgia inunda mi cuerpo. Vuelvo a abrazarme lo más fuerte posible hasta que siento que me clavo las uñas y cedo. 
Noto el cuerpo demasiado libre, el latido del corazón apenas golpea el pecho. Tengo el alma nómada, incapacitada para persistir bajo la tormenta que nunca amaina. No sé sino me cruzo con nadie o soy yo que trato de esquivar la realidad.

Comienza a llover y es un favor que caigan lágrimas de acero del cielo y me conviertan en estatua por dentro. 

En estos paseos siempre intento descubrir cosas, hacerle preguntas a... a la vida y a la lluvia o al viento:

—¿Qué es estar solo? ¿Es estar sin nadie o es estar sin ti? —grito. No responden, no respondo. 

Doy la vuelta. Es de noche, y me he dejado el amanecer, y la vida, en casa.