domingo, 17 de julio de 2016

Hijo del pánico.

Él llora sangre rojo lava mientras siente como su lágrima le acicala la mejilla en forma de raja donde poder perderse para siempre, mientras siente como la pupila arde y se expande después de haber recibido esa orden por su estómago podrido. Llora todo lo que ha reído hacia dentro, todo lo que le obliga a llorar su ansiedad y esa tormenta de cuchillos que tiene en la cabeza cada vez que el corazón late con la fuerza de una bomba nuclear, cada vez que sus neuronas se ponen de acuerdo para apedrear y lapidar la envoltura inerte que cubre de ácido su cerebro.
Mira su cuerpo, observa el amasijo de espino en el que se ha convertido su antigua silueta dotada de cordura. Tiene pesadillas despierto donde se ahoga en una bañera negra y llena de sangre que él mismo derrama cuando se masturba sin parar idealizando cadáveres vivos. Acaricia el pájaro de su alma después de haberle dividido la tráquea en mil pedazos desiguales cuando le hizo un torniquete en el cuello pensando en cómo podría volver a respirar con normalidad.
Quizá no respira porque no quiere, quizá prefiere seguir llorando magma hasta quedarse seco y así rebuscar en el trozo de cartón que tiene incrustado en el pecho. Tal vez desea dispararse abrazos de clavos a la cara y crear agujeros que lo absorban y lo lleven a la nada. Una nada plagada de rosas muertas y marchitas como la flor que utilizó para cortarse las manos el día que amó demasiado por primera vez.

Nota el peso de su otra realidad cuando el pánico le invade y le ata en los tobillos cadenas llenas de recuerdos tergiversados. Entonces, una vez ha sacrificado su llanto, después de haber intentado prenderle fuego al tráiler de sus entrañas, después de luchar con cuervos que le sacaban las tripas y caer derrotado ante las larvas, después de que se le olvidara que su pánico es una fina brisa que le lame el vello y no una tormenta de agujas intentando descoserle los parches para dejarlo vacío..., sólo entonces araña las paredes para escapar de sí mismo mientras escupe cucarachas y busca refugio en bosques ardiendo y ciudades abrasadas por el miedo.

Sabe que no está vivo porque se balancea tímidamente en los columpios con su muerte, porque ésta le da de comer y lo mece en las ascuas del infierno cada vez que decide deshilacharse quedando raído. Para él el pánico no es un juego, es un tobogán que termina en una piscina de agua hirviendo con pirañas envenenadas; no es una guerra, es una pérdida de años dentro de su propio volcán.  Para él el pánico es tan real como el monstruo degollado que aparece en su habitación cuando apaga la luz.

«Respira, respira, es ficticio», se repite cada 2 segundos mientras escribe esas palabras con lágrimas en el techo y suelta la pistola que tenía sujetándole la sien.