miércoles, 3 de agosto de 2016

10.000 años.

Día 1:

Abro la puerta. Tropiezo con su aura y me siento en las llamas de su regazo. Su energía me absorbe. Una cadena invisible guía mis ojos hacia su boca sin que mi ansiedad pueda detenerlos. Me caigo, voy a desprenderme en esa mirada. Una aureola encima de su cabeza. Está muerta por fuera, pero dentro lleva volcanes en erupción. La cadena me acerca cada vez más a ese ángel. Es gigante, en su mente es enorme; pero nadie lo ve. Se toca el pelo, digno de una discípula del cielo. La cadena sigue tirándome. No puedo evitarlo, quiero quemarme en la herida de su boca, anhelo vivir en el mundo paralelo del edificio de su labio inferior. Me estoy ahogando imaginándome en su saliva, nadando en su savia regeneradora. Me mira. Mierda. Me habla. Mierda, mierda. Ha dicho algo, no me he enterado. Sólo escuchaba a Eunadi entonando un maravilloso La bemol que salía del piano de su boca mientras el público se ponía en pie y lloraba. 
Joder, qué alas más grandes tiene. 

Día 2. 

Se enfrió la lava de mi cabeza. Se han ido los dinosaurios del vientre. La duda es un rayo que abriga. Veo en su sonrisa un bebé perdido en los brazos de su madre, un bebé triste ante la incertidumbre que supone quedarse sin fantasmas que calienten y bruñan sus lágrimas mientras a través de su iris sólo ve una fina capa color negro que distorsiona el presente. Le he hecho un hueco en el cajón del mal tiempo. He puesto muchos candados. He perdido la llave.
Desearía columpiarme en la línea que sale de sus ojos.

Día 3.

Me he ahorcado en el techo de su boca.

Madrugada día 4.

Quiero mecerme en la curva de sus párpados.

Día 4.

Aparecen obras en las costillas. Vuelven a reformarme el alma. El cielo, triste, escupe clavos en forma de lluvia. Las sombras del pasado lanzan sus garras a mis clavículas, señalan levemente con el dedo corazón qué órgano no debería utilizar esta vez. El llanto enfría el ambiente, ensordece caminos de amapolas, aulla al eco de un sentimiento vacío. La muerte continúa jugando al ahorcado con la vida.

Día 5.

Se me ha vuelto a caer un martillo en el clavo de la herida.

Día 6. 

Compro tiritas. Intento curarme las lágrimas mientras demuelo en mi mente el edificio de su boca. Sigo cuidando el de la mía. Le pediría que me firmara con cianuro en los ojos para no perderla nunca de vista pero ya no está. Su último suspiro de ha ido con la duda, se ha fugado con la incertidumbre. La rabia me apedrea la calma, me enrolla en una sábana para lanzarme por el acantilado de los "¿qué hubiera pasado si...". 
Me abrazo como nunca encharcando el suelo de esperanza manchada.

Día 7.

La nostalgia de algo que no ha ocurrido abre sus puertas y me obliga a dormir entre sus piernas. Vagamente se cruzan por mis ojos imágenes pintadas de gris con la sutil brocha de la idealización. Se forma en mi recuerdo un cuadro roto, hermoso, kafkiano; plagado de puentes y caminos con el mismo destino: su boca. Una gota de indiferencia me golpea la mano. Se avecina tormenta y me prometo que esta vez no me mojaré. El cementerio del pasado no abrirá sus puertas en este insomnio.

Día 8.

Sólo teniendo la llave de tus cadenas podrás decir que eres libre. Repito ese mantra durante el desayuno mientras me maldigo hacia dentro. ¿Por qué le enseñaste tu baul de los miedos? Ha podido robar uno y lo va a asustar. Tengo pesadillas en las que nado sobre su boca y poetizo sobre su pelo para encerrarlo entre tinta y papel quemado.

Traigo el sol cerca de mi llanto; el fuego terminará de sellar lo que la vida abrió en mis versos cuando me monté en sus alas.

Día 9.

Nunca ha necesitado instrumentos para hacer música, le basta con pestañear. Y yo siempre he sido arrítmico, aunque eso no importe porque ya ha dejado de llover en mis charcos. No se me han calado las ganas, pero se han escondido. O escapado. Ya no sé. 
Lleno de cristales infectados me aferro al cinturón de seguridad que me proporcionan la noche y sus vómitos, las caminatas al ocaso aferrado a los hilos de sangre que dejan algunas personas tristes o cualquier piano reventándome los tímpanos. 
Sé que voy a idealizarla y pintarla de mariposas muertas. Sé que nacerán más pájaros en los nidos de mi garganta. Sé que desearé no haber sido una estatua con grietas. Sé que viviré bebiéndome su saliva y soñando que nos unimos en una vorágine de flujos y sexo.

Seré un yonqui arañándose las venas mientras consigue la mejor dosis: vivir. 

Día 10.

He encontrado la llave.
Voy a quemar el cajón.