miércoles, 26 de abril de 2017

Amor.

Acaricia el primer pétalo de la flor marchita. Su hoja cae hacia el centro de la tierra, desdichado. Parece triste, asustado, como si quisiera acurrucarse tanto hasta darse la vuelta o desaparecer. Lo mira entrecerrando los ojos. Observa su verde muerto con nostalgia, con la mirada del que sabe que lo que no se riega, cede ante la muerte. Si sólo hubieran caído dos gotas, dos míseras y malditas lágrimas del cielo habrían bastado para llenar de vida la flor que ahora perece de amargura, con la mirada en el tiesto, sintiendo vergüenza por morir de vacío. 

—Pero la culpa ha sido mía, sólo mía —se dice mientras araña con desmesura la piel que hoy mismo ha dejado languidecer a su amor.

"Era tan bello tu brillo, tu olor a vainilla oscurecida. Yo, sólo yo, harto ya de locura, era capaz de posar mis sentidos sobre tus espinas y dejar que la vida fluyera por la sangre de mi tez, alimentándote, salvándome, nutriendo el desaliento de mi soledad. Demente tuve que estar al imaginar que posar todos mis esmeros en una simple y raída vida iba a ser bálsamo de mis grietas. Haz que navegue, señor, mientras busco su perdón, por un mar embravecido que me atormente. Mi ser desea sentir como se marchitan los mismos miembros que dejaron que se alejara la luz de una vida digna de posar sus raíces sobre la luna ennegrecida".

Se apaga, se va. Pero nunca se irá el amor que sintió por algo a lo que él mismo le dio vida con sus idealizaciones. La observa con atención, intenta atravesar con sus ojos inundados el resto de la poca anatomía que sigue con vida. Sabe que hay algo dentro de ese esqueleto moribundo y toxicómano que late, algo que desprende cierto olor que lo engancha y cautiva. Adormecido por la pena, la angustia lo mantienen en un estado de neutralidad desolador y tortuoso. Si sólo pudiera hacer levitar su ser por un instante, si sólo pudiera volver a verla brillar en el reflejo de la luz del sol...