jueves, 18 de mayo de 2017

732.

Mi problema con la soledad es que la compañía de otros nunca ha sido una cura para ella.

Joseph Heller.

Hola, me llamo Tyler, y no sé por qué estoy aquí arriba.
Los azulejos del suelo se reflejan tan nítidos y realistas que nadie diría que estoy mirándolos desde un sexto piso, a 50 metros de altura. 732 lunas han pasado. Una tras otra, noche a noche, por estos ojos flamantes. Nunca me he perdido ninguna. Jamás he llegado tarde a la cita con la Dama, siempre puntual para abrazar el fragor de sus rocas. 

Ya han pasado demasiados días desde mi muerte. Desde el mismo instante en que dejé de mirarla a los ojos, y nos separaron. Nos cortaron las manos. El camino se bifurcó. Vi su pequeño cuerpo alejarse candente, con su característico brillo negro. A cada paso desplazaba la tierra, hacía vibrar hasta la última gota de lava del interior de nuestro mundo. 

Y ya no está. Y ya no somos. Y ya no estoy.

Me quedé en su cuello. Frágil. Triste. Sonriendo.
Más vivo que nunca. Con fuego en los dientes.

Porque sí, vago suavemente por las calles, acaricio la acera con mis pies encallados. A veces, aunque pocas, levanto la vista de mis zapatos y contemplo la realidad. Una realidad llena de vacío, incalculable, extremadamente absorbente. Pero yo no quiero volver. No sabría dónde pisar. ¿Y si me rompo los tobillos? ¿Es posible que mi corazón se convierta en ceniza sólo por salir de esta tristeza?

Tengo miedo.

Cierto es que sonrío cuando la tengo enfrente. Porque con frecuencia la imagino con tanta fuerza que la veo. Me atrevería a intentar tocar su imagen. Poder palpar nuevamente su piel cortada, aquel rostro, lejano ahora en mi memoria, tan lóbrego y marcado. Aunque me desmayara al instante porque mi cerebro no fuera capaz de absorber tantísima realidad.

Éramos dos contra el mundo. Sólo dos. Imagínate. Cuánta valentía, cuánta soberbia, ¿verdad? Dos criaturas, salvajes, rodeadas de manchas y sangre, con fantasmas y seres indescriptibles por dentro. Constantemente lastrados por el peso de los cadáveres. La mayoría agarrados a la nuca, incesantes, hambrientos, susurrando en nuestros oídos ni un paso más ni un paso más ni un paso más. Otros más calmados, observando como se unían nuestros cuerpos, como entrelazaban unos cuchillos con otros sin nosotros darnos cuentas.
Pero no pudimos verlo. El miedo no deja espacios de tiempo para reflexionar sobre el instante, no permite que vayas delante, sonriente, calmado. No quiere ganar, le basta con que tú pierdas.
Simplemente, nos miramos. Algo se conectó, dos hilos negros decidieron atarse con gran fuerza y de repente fuegos artificiales. Y mucho ruido. Y demasiadas ganas de luchar.

Era marchita. Tan pequeña y ya conocía los secretos más profundos de su tristeza. Tan minúscula, ahí, acurrucada en los labios de la noche. Sólo un inmundo soplo podría lastimarla. Y yo con mis manos de gigante. Mis uñas largas. Mi piel goteléMi boca afilada. Dibujando con cautela mis historias en sus libretas. 

"Pero utilizabas tanta fuerza Tyler... apretabas demasiado".

Ahora ya nada porque no existe. Este tiempo no es real, no fluye el presente en los días. Es otro estado, otra corriente. Estoy de pie en un bidón lleno de agua y sólo asoman mis ojos.

Perdóneme Heller, su compañía sí lo fue.